Mientras la mayoría de mis superiores políticos pasan febrero en Zapallar, Cachagua, Maitencillo o Caburgua, yo estoy acá, en Tongoy, corriendo olas en mi kayak mientras los niños hacen bodyboard. A veces me siento irresponsable, porque los dejo meterse bien adentro. Pero creo que es bueno, así van formando carácter. Mi padre hacía lo mismo conmigo.
Lo pasamos estupendo en casa de mis suegros. Entre pescaditos a las brasas, mariscos frescos y vino blanco los días se van volando. En un almuerzo alguien comentó el tema del depuesto Alcalde de Coquimbo, Pedro Velásquez, al que alguna vez visité oficialmente para conocer el proceso de inversión y desarrollo de las zonas urbanas. No nos engañemos, Coquimbo tiene un claro antes y después de Velásquez. Por eso, previo a comenzar mi disertación de sobremesa, preferí lanzar dos frases de moda en la Concertación: “las instituciones funcionan” y “los fallos no se discuten”. Estoy curtido en esto. Ya sé que en política es bueno ponerse el parche antes de la yayita.
Lo cierto es que si acá alguien se llevó la plata para la casa, resulta obvio que dejaron bastante de ella en las calles. Por eso Pedro Velásquez es un enigma. Pero lo que más intriga, es saber cómo un personaje sin instrucción superior llegó a ser electo, y además, logró transformar el casco histórico de la ciudad en un chiche, casi sin ni uno. Un tema de estudio para cualquier escuela de economía del mundo. No sospecho de la sabiduría popular, pero claramente es complejo gerentear un municipio sin entender los principios básicos de la economía moderna. No, ahí soy clasista. Soy de los que no entienden cómo Lula puede manejar ese monstruo burocrático que es Brasil.
Entre un moscatel y unas papayas en almíbar estaba cuando sonó el celular. Era mi jefe. Me pedía asistir a la entrega de unos camiones recolectores de basura el día siguiente. La ceremonia estaría presidida por la mismísima Subsecretaria, y al menos, un par de ministros. Sabía donde presionar las teclas my boss, además, la carnada era perfecta.
Pero la ceremonia fue particularmente fome. Sin toldo y con un solazo que marcó los lentes en mi cara, terminé como mapache. Mientras el Alcalde se mandaba un discurso de esos, llenos de recaditos al gobierno, yo pensaba en la playita. Es bueno para llorar este hombre. Es más derecho que una cola de chancho, porque hartos recursos le han inyectado desde la época de Frei Ruiz-Tagle. Si no los sabe administrar, no es culpa nuestra, quiero decir del gobierno. Me ha tocado establecer acuerdos con el Alcalde, con apretón de manos incluido y lo único que he sacado en limpio siempre, son tres cuchillos clavados en la espalda. La tengo de colador.
Me voy al tiro al terminal para volver a Tongoy. Esto fue un golazo de media cancha de mi jefe. Un fiasco. Todos los ministros invitados se excusaron de asistir. Era que no, nadie cambia la arena de Cachagua, Zapallar o Maitencillo en los pies, por sentarse con funcionarios municipales de 3º orden y sin instrucción, frente a unos camiones de basura. Yo no más. God dummit!
Marzo 2007. Cualquier semejanza con la realidad, es de facto intencional:::
Lo pasamos estupendo en casa de mis suegros. Entre pescaditos a las brasas, mariscos frescos y vino blanco los días se van volando. En un almuerzo alguien comentó el tema del depuesto Alcalde de Coquimbo, Pedro Velásquez, al que alguna vez visité oficialmente para conocer el proceso de inversión y desarrollo de las zonas urbanas. No nos engañemos, Coquimbo tiene un claro antes y después de Velásquez. Por eso, previo a comenzar mi disertación de sobremesa, preferí lanzar dos frases de moda en la Concertación: “las instituciones funcionan” y “los fallos no se discuten”. Estoy curtido en esto. Ya sé que en política es bueno ponerse el parche antes de la yayita.
Lo cierto es que si acá alguien se llevó la plata para la casa, resulta obvio que dejaron bastante de ella en las calles. Por eso Pedro Velásquez es un enigma. Pero lo que más intriga, es saber cómo un personaje sin instrucción superior llegó a ser electo, y además, logró transformar el casco histórico de la ciudad en un chiche, casi sin ni uno. Un tema de estudio para cualquier escuela de economía del mundo. No sospecho de la sabiduría popular, pero claramente es complejo gerentear un municipio sin entender los principios básicos de la economía moderna. No, ahí soy clasista. Soy de los que no entienden cómo Lula puede manejar ese monstruo burocrático que es Brasil.
Entre un moscatel y unas papayas en almíbar estaba cuando sonó el celular. Era mi jefe. Me pedía asistir a la entrega de unos camiones recolectores de basura el día siguiente. La ceremonia estaría presidida por la mismísima Subsecretaria, y al menos, un par de ministros. Sabía donde presionar las teclas my boss, además, la carnada era perfecta.
Pero la ceremonia fue particularmente fome. Sin toldo y con un solazo que marcó los lentes en mi cara, terminé como mapache. Mientras el Alcalde se mandaba un discurso de esos, llenos de recaditos al gobierno, yo pensaba en la playita. Es bueno para llorar este hombre. Es más derecho que una cola de chancho, porque hartos recursos le han inyectado desde la época de Frei Ruiz-Tagle. Si no los sabe administrar, no es culpa nuestra, quiero decir del gobierno. Me ha tocado establecer acuerdos con el Alcalde, con apretón de manos incluido y lo único que he sacado en limpio siempre, son tres cuchillos clavados en la espalda. La tengo de colador.
Me voy al tiro al terminal para volver a Tongoy. Esto fue un golazo de media cancha de mi jefe. Un fiasco. Todos los ministros invitados se excusaron de asistir. Era que no, nadie cambia la arena de Cachagua, Zapallar o Maitencillo en los pies, por sentarse con funcionarios municipales de 3º orden y sin instrucción, frente a unos camiones de basura. Yo no más. God dummit!
Marzo 2007. Cualquier semejanza con la realidad, es de facto intencional:::

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